domingo, 1 de febrero de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura de la profecía de Sofonías 2, 3; 3, 12-13

Buscad al Señor los humildes de la tierra,
los que practican su derecho,
buscad la justicia, buscad la humildad,
quizá podáis resguardaros
el día de la ira del Señor.

Dejaré en ti un resto,
un pueblo humilde y pobre
que buscará refugio en el nombre del Señor.

El resto de Israel no hará más el mal,
no mentirá ni habrá engaño en su boca.
Pastarán y descansarán,
y no habrá quien los inquiete.

Salmo

Salmo 145, 7. 8-9a. 9bc-10 R/. Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente,
hace justicia a los oprimidos,
da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R/.

El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos.
El Señor guarda a los peregrinos. R/.

Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sion, de edad en edad. R/.

Segunda lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios 1, 26-31

Fijaos en vuestra asamblea, hermanos: no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; sino que, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios, y lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo poderoso.

Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor.

A él se debe que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual se ha hecho para nosotros sabiduría de parte de Dios, justicia, santificación y redención.

Y así —como está escrito—: «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor».

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 1-12a

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:

«Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.

Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».


“¡Felices los mansos, porque recibirán la tierra en herencia!” (Mt 5,5)

“Yo creo que contemplaré la bondad del Señor en la tierra de los vivientes” (Sal 27,13), decía David. ¿Qué bienes podía buscar ese rey, qué podía faltar a ese hombre, de un tal poder que sus riquezas satisficieron a su hijo Salomón, no superado en el universo por su opulencia? En la tierra de vivientes, David buscaba esos bienes “que nadie vio ni oyó y ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman” (1 Cor 2,9). “¡Felices los mansos, porque recibirán la tierra en herencia!” (Mt 5,5), escuchamos en el Evangelio. (…) En un Salmo se exclama “Acuérdate, Señor, en favor de David, de todos sus desvelos” (Sal 132,1), y también “El Señor eleva a los oprimidos” (Sal 146,6). Leemos además “Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio” (Mt 11,29). Y Moisés, figura de Cristo, es presentado por la Escritura como el más manso entre los hombres (cf. Nm 12,3). Si, la tierra de vivientes es aquella en que se han preparado los bienes del Señor para los santos y los mansos. Antes de la venida en la carne de nuestro Señor y Salvador, esos bienes fueron inaccesibles, mismo a Abraham (…). El primer Adán había perdido la tierra de vivientes, tierra de riquezas y de bienes de Dios. El segundo Adán la ha reencontrado o, más bien, la ha otorgado.

SANTOS DEL DÍA

 



Santoral

Brígida de Kildare, Santa
Abadesa, 1 de febrero ...

sábado, 31 de enero de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura del segundo libro de Samuel 12, 1-7a. 10-17

En aquellos días, el Señor envió a Natán a ver a David y, llegado a su presencia, le dijo:
«Había dos hombres en una ciudad, uno rico y el otro pobre. El rico tenía muchas ovejas y vacas. El pobre, en cambio, no tenía más que una cordera pequeña que había comprado. La alimentaba y la criaba con él y con sus hijos. Ella comía de su pan, bebía de su copa y reposaba en su regazo; era para él como una hija.

Llegó un peregrino a casa del rico, y no quiso coger una de sus ovejas o de sus vacas y preparar el banquete para el hombre que había llegado a su casa, sino que cogió la cordera del pobre y la aderezó para el hombre que había llegado a su casa».

La cólera de David se encendió contra aquel hombre y replicó a Natán:
«Vive el Señor que el hombre que ha hecho tal cosa es reo de muerte. Resarcirá cuatro veces la cordera, por haber obrado así y por no haber tenido compasión».

Entonces Natán dijo a David:
«Tú eres ese hombre. Pues bien, la espada no se apartará de tu casa jamás, por haberme despreciado y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita”. Así dice el Señor: “Yo voy a traer la desgracia sobre ti, desde tu propia casa. Cogeré a tus mujeres ante tus ojos y las entregaré a otro, que se acostará con ellas a la luz misma del sol. Tú has obrado a escondidas. Yo, en cambio, haré esto a la vista de todo Israel y a la luz del sol”».

David respondió a Natán:
«He pecado contra el Señor».

Y Natán le dijo:
«También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás. Ahora bien, por haber despreciado al Señor con esa acción, el hijo que te va a nacer morirá sin remedio».

Natán se fue a su casa.

El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David y cayó enfermo.

David oró con insistencia a Dios por el niño. Ayunaba y pasaba las noches acostado en tierra.

Los ancianos de su casa se acercaron a él e intentaban obligarlo a que se levantara del suelo, pero no accedió, ni quiso tomar con ellos alimento alguno.

Salmo de hoy

Salmo 50, 12-13. 14-15. 16-17 R/. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro

Oh, Dios, crea en mi un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R/.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti. R/.

Líbrame de la sangre, oh, Dios,
Dios, Salvador mio,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 35-41

Aquel día, al atardecer, dice Jesús a sus discípulos:
«Vamos a la otra orilla».

Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó una fuerte tempestad y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba en la popa, dormido sobre un cabezal.

Lo despertaron, diciéndole:
«Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar:
«¡Silencio, enmudece!».

El viento cesó y vino una gran calma.

Él les dijo:
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».

Se llenaron de miedo y se decían unos a otros:
«¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y el mar lo obedecen!».

Evangelio de hoy en vídeo

Reflexión del Evangelio de hoy

"El Señor perdona tu pecado"... pero el pecado tiene consecuencias

El Señor envió al profeta Natán. Este hizo que el rey David pronunciara una sentencia condenatoria, presentándole un caso ficticio como si fuera real. De este modo, David dictó su propia condena.

David ha ofendido gravemente al Señor al hacer lo que a Dios no le agrada. Apoderarse de la esposa de Urías para hacerla su mujer. David tiene adormilada su conciencia y ve el mal del otro, pero no el suyo. David despertó en su conciencia y admitió haber pecado contra el Señor.

Cuando nos alejamos del camino del Señor, Dios actúa en nuestras vidas para hacernos ver el daño que estamos generando con nuestro comportamiento y propiciar arrepentimiento y cambio en nosotros.

David fue capaz de realizar el camino de regreso al corazón de Dios, dejándose transformar por su misericordia. 

Aunque Dios siempre nos perdona, el mal causado tiene consecuencias. Hacer el mal no es gratuito y generalmente el más débil o los más cercanos son los que la sufren las consecuencias del desorden y desamor generado.

¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?

Los discípulos están en tierra firme con Jesús. Mucha gente les sigue y acompaña. Están cómodos, seguros, protegidos. Son los discípulos del Maestro.

Al atardecer, cuando desaparece la luz, Jesús les dice “pasemos a la otra orilla”.

La inseguridad comienza a percibirse y sienten miedo. Les pide alejarse de “la zona de confort” para ir a “la otra orilla”, remando mar adentro en el evangelio. Pero temen pensar “de otro modo”, temen arriesgarse. Se sienten solos y surge la desconfianza.

Acontece la tempestad. Todo su mundo se tambalea y la barca parece anegarse y hundirse. No confían, se alejan de Jesús.

Jesús al otro lado de la barca recostado descansa en calma con la cabeza reposando sobre la madera, símbolo de su muerte. En sueños está en comunión con Dios donde no hay tinieblas ni zozobras.

Los discípulos se atreven a increparle “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”.

Ninguno fue capaz de confiar y tranquilizar a los demás, con el agravante de que el miedo les hizo dudar del poder de Dios en Jesús

Solo desde la confianza en comunidad, Dios puede actuar y trasformar nuestro mundo. 

En comunidad, confiando, nos hace ver “en la otra orilla” realidades más auténticas sustentadas sobre “roca” firme. Disipa las tinieblas a la luz de la Fe. Juntos, de su mano sentimos que nuestra barca ya no se hunde. Entonces nos llenamos de respeto y Temor de Dios

Pasemos juntos con confianza a la otra orilla de su mano.

Señor Jesucristo, haz que confiemos. Inúndanos de Fe. Abre nuestros ojos, como hiciste con los discípulos en la barca, para que juntos nos demos cuenta de tu presencia, disipando nuestros miedos y dudas.

 

Rogamos a Dios nos de un corazón nuevo para que nos dejemos trasformar por su misericordia.

Jesús, despierta nuestra conciencia y ayúdanos a confiar en ti en comunidad.

 

¿Cómo puedo dejarme trasformar por tu misericordia?

¿Cómo puedo profundizar en mi fe?

SANTOS DEL DÍA

 



Santoral

Juan Bosco, Santo
Memoria Litúrgica, 31 de enero ...

viernes, 30 de enero de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura del segundo libro de Samuel 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17

A la vuelta de un año, en la época en que los reyes suelen ir a la guerra, David envió a Joab con sus servidores y todo Israel. Masacraron a los amonitas y sitiaron Rabá, mientras David se quedó en Jerusalén.

Una tarde David se levantó de la cama y se puso a pasear por la terraza del palacio. Desde allí divisó a una mujer que se estaba bañando, de aspecto muy hermoso.

David mandó averiguar quién era aquella mujer.

Y le informaron:
«Es Betsabé, hija de Elián, esposa de Urías, el hitita».

David envió mensajeros para que la trajeran.

Ella volvió a su casa.

Quedó encinta y mandó este aviso a David:
«Estoy encinta».

David, entonces, envió a decir a Joab:
«Mándame a Urías, el hitita».

Joab se lo mandó.

Cuando llegó Urías, David le preguntó cómo se encontraban Joab y la tropa y cómo iba la guerra. Luego le dijo:
«Baja a tu casa a lavarte los pies».

Urías salió del palacio y tras él un regalo del rey. Pero Urías se acostó a la puerta del palacio con todos los servidores de su señor, y no bajó a su casa.

Informaron a David:
«Urías no ha bajado a su casa».

David le invitó a comer con él y le hizo beber hasta ponerle ebrio.

Urías salió por la tarde a acostarse en su jergón con los servidores de su señor, pero no bajó a su casa.

A la mañana siguiente David escribió una carta a Joab, que le mandó por Urías.

En la carta había escrito:
«Poned a Urías en primera línea, donde la batalla sea más encarnizada. Luego retiraos de su lado, para que lo hieran y muera».

Joab observó la ciudad y situó a Urías en el lugar en el que sabía que estaban los hombres más aguerridos.

Las gentes de la ciudad hicieron una salida. Trabaron combate con Joab y hubo bajas en la tropa, entre los servidores de David. Murió también Urías, el hitita.

Salmo de hoy

Salmo 50, 3-4. 5-6b. 6c-7. 10-11 R/. Misericordia, Señor, hemos pecado

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R/.

En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre. R/.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».

Dijo también:
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Evangelio de hoy en vídeo

Reflexión del Evangelio de hoy

El poder que olvida su misión

En la primera lectura, un detalle aparentemente pequeño marca el inicio de un proceso peligroso: “David se quedó en Jerusalén” mientras los reyes salían a campaña. Esa ausencia no es anecdótica, revela un corazón que se deja llevar por la comodidad, que prefiere quedarse en lugar de asumir responsabilidades.

A partir de ahí, todo se encadena: el deseo, la manipulación y la muerte de Urías. El pecado no aparece como un acto aislado, sino como consecuencia de confiar en uno mismo más que en Dios. David tenía poder, influencia y la bendición de Dios, pero dejó que su necesidad de controlar todo lo que le rodeaba lo desviara del servicio.

Cada gesto de manipulación o encubrimiento abre camino a consecuencias mayores, muchas veces irreversibles. Esta historia no habla solo de un rey antiguo; nos interpela a todos: ¿En qué áreas de mi vida busco controlar lo que solo Dios puede guiar? ¿Dónde actúo desde la comodidad o el miedo y no desde la verdad y el servicio?

El relato de David nos recuerda que el poder sin humildad puede desordenarlo todo. Mientras David trataba de imponer su voluntad, Jesús nos enseñará otra lógica: la del Reino que crece desde la confianza y lo pequeño.

Del afán de controlar a la confianza que libera

Después del relato duro y desestabilizador de David, el Evangelio de hoy suena casi como un susurro, pero un susurro que dice una verdad profunda. David quiso controlar la realidad: controlar el deseo, las consecuencias, las personas, incluso la muerte. Y en ese intento de dominio, todo se fue desfigurando. Jesús, en cambio, habla de un Reino que crece precisamente cuando el ser humano acepta no tener el control absoluto.

La parábola del sembrador que duerme y se levanta mientras la semilla crece “sin que él sepa cómo” nos confronta con una tentación muy humana: creer que todo depende de nosotros. David cae cuando se coloca en el centro, cuando confunde su poder con un derecho. El sembrador del Evangelio, en cambio, cumple su parte, siembra, y luego confía. No vigila obsesivamente la tierra, no manipula el proceso. Acepta que hay un misterio que no le pertenece.

Este contraste es muy actual. Vivimos en un mundo donde quien controla parece tener razón: control de territorios, de recursos, de relatos, de personas. Lo vemos a diario en los conflictos armados, en el uso de la información que manipula, en sistemas económicos que aplastan al más débil para sostener privilegios. También en pequeño, en nuestra vida cotidiana, podemos caer en la misma lógica: controlar para no sentirnos vulnerables, imponer para no perder, tapar errores para mantener una imagen.

Jesús propone otra manera de estar en el mundo. El Reino no se impone como hizo David, no elimina al otro para sobrevivir, no acelera procesos a costa de vidas. Crece desde abajo, desde lo pequeño, desde una semilla casi ridícula como el grano de mostaza. Ahí está la gran inversión del Evangelio: lo que parece insignificante acaba dando cobijo; lo que no domina, transforma.

Este mensaje no es ingenuo ni evasivo. No invita a la pasividad ni a cerrar los ojos ante el mal. Invita a revisar desde dónde actuamos. ¿Desde el miedo a perder el control o desde la confianza en que Dios sigue actuando incluso cuando no vemos resultados inmediatos? David actuó para salvarse a sí mismo; el Reino crece cuando dejamos espacio para que Dios sea Dios.

En un mundo cansado de líderes que imponen soluciones rápidas e interesadas, y generan más injusticia, desigualdad y muerte, el Evangelio nos propone una paciencia activa. Sembrar gestos de justicia, de reconciliación, de verdad, aunque parezcan pequeños. Resistir la tentación de “arreglarlo todo” a nuestra manera. Creer que Dios actúa también en lo oculto, en lo lento, en lo que no hace ruido.

Quizá ahí, en ese gesto humilde, el Reino ya esté creciendo sin que yo sepa cómo.

SANTOS DEL DÍA

 



Santoral

Jacinta Mariscotti, Santa
Virgen, 30 de enero ...

jueves, 29 de enero de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura del segundo libro de Samuel 7, 18-19. 24-29

Después de que Natán habló a David, el rey David vino a presentarse ante el Señor y dijo:
«¿Quién soy yo, mi Dueño y Señor, y quién la casa de mi padre, para que me hayas engrandecido hasta tal punto? Y, por si esto fuera poco a los ojos de mi Dueño y Señor, has hecho también a la casa de tu siervo una promesa para el futuro. ¡Esta es la ley del hombre, Dueño mío y Señor mío!

Constituiste a tu pueblo Israel pueblo tuyo para siempre, y tú, Señor, eres su Dios.

Ahora, pues, Señor Dios, confirma la palabra que has pronunciado acerca de tu siervo y de su casa, y cumple tu promesa. Tu nombre sea ensalzado por siempre de este modo: “El Señor del universo es el Dios de Israel y la casa de tu siervo David permanezca estable en tu presencia”.

Pues tú, Señor del universo, Dios de Israel, has manifestado a tu siervo: “Yo te construiré una casa”. Por eso, tu siervo ha tenido ánimo para dirigirte esta oración. Tú, mi Dueño y Señor, eres Dios, tus palabras son verdad, y has prometido a tu siervo este bien.

Dígnate, pues, bendecir a la casa de tu siervo, para que permanezca para siempre ante ti. Pues tú, mi Dueño y Señor, has hablado, sea bendita la casa de tu siervo para siempre».

Salmo de hoy

Salmo 131, 1b-2. 3-5. 11. 12. 13-14 R/. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre

Señor, tenle en cuenta a David
todos sus afanes:
cómo juró al Señor
e hizo voto al Fuerte de Jacob. R/.

«No entraré bajo el techo de mi casa,
no subiré al lecho de mi descanso,
no daré sueño a mis ojos,
ni reposo a mis párpados,
hasta que encuentre un lugar para el Señor,
una morada para el Fuerte de Jacob». R/.

El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono». R/.

«Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono». R/.

Porque el Señor ha elegido a Sión,
ha deseado vivir en ella:
«Esta es mi mansión por siempre;
aquí viviré, porque la deseo». R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 21-25

En aquel tiempo, Jesús dijo al gentío:
«¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero?

No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga».

Les dijo también:
«Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».

Evangelio de hoy en vídeo

Reflexión del Evangelio de hoy

"Sea bendita la casa de tu siervo para siempre”

Este pasaje de Samuel nos introduce en uno de los momentos más íntimos y reveladores de la relación entre Dios y David. Después de recibir la promesa divina de una descendencia duradera, el rey entra en la tienda del Señor y pronuncia una oración marcada por el asombro, la humildad y la gratitud. No es una respuesta de autosuficiencia, sino de reconocimiento: todo lo que es y todo lo que tiene procede de Dios.

«¿Quién soy yo, Señor Dios mío, ¿y qué es mi casa para que me hayas traído hasta aquí?» (2 Sam 7,18). Estas palabras expresan la conciencia profunda de que la elección divina no se basa en méritos humanos, sino en que todo es gracia de Dios. David comprende que su historia personal queda integrada en un designio mucho más grande, que alcanza no solo su presente, sino también el futuro de su pueblo. La promesa de Dios es eterna.

Este texto pone de relieve un don fundamental: ser pueblo de Dios, pertenecerle es una elección divina, la decisión parte de Dios, es Él quien elige y el pueblo acoge tal elección. En los versículos 24-26, David proclama que el Señor ha establecido a Israel como su pueblo para siempre y que Él mismo se ha hecho su Dios. Para nosotros ser hijos de Dios —y vivir como tales— es el regalo más grande que se nos concede, un don que define nuestra identidad y nuestra misión. De aquí que podemos hacer nuestra la oración de David una oración de agradecimiento ante un don tan grande y tan inmerecido.

La oración de David también es una lección de confianza. Él se apoya únicamente en la palabra del Señor: «Ahora, Señor Dios, confirma para siempre la palabra que has pronunciado» (2 Sam 7,25). La seguridad de David no está en sus fuerzas ni en sus logros, sino en la promesa de Dios, que es firme y verdadera. Desde esta certeza brota su alabanza y su intercesión por el pueblo.

Este pasaje nos invita a adoptar la misma actitud interior: reconocer la grandeza de lo que Dios ha hecho en nosotros y dejarnos conducir por su promesa. La fe se hace vida cuando aceptamos que todo es gracia y que nuestra vida encuentra su sentido pleno en la fidelidad y el amor del Señor.

 

¿Reconozco en mi vida los dones gratuitos que Dios me ha concedido, especialmente el de ser su hijo o hija de Dios? ¿Me apoyo en la palabra y las promesas de Dios con la misma confianza con la que lo hizo David?

“La lámpara es para ponerla en el candelero”

En el pasaje de Marcos, Jesús utiliza la imagen de la lámpara para enseñarnos una lección fundamental: los dones que recibimos de Dios son tanto un regalo como una responsabilidad, es decir, un don y una tarea.

La pedagogía divina se revela a través de símbolos sencillos: así como una lámpara debe colocarse en un lugar alto para iluminar, nosotros también debemos dejar que la luz de Cristo brille en nuestras vidas, reflejando su amor y verdad.

En el Evangelio de Juan (8,12), Jesús se presenta como la luz del mundo. Nosotros, sus seguidores, estamos llamados a ser luz para los demás. La luz que emana de Cristo en nosotros debe ser compartida, y así reflejamos su vida y su amor a través de los dones que Él nos otorga.

Sin embargo, existen peligros que pueden obstaculizar nuestra luz. En el Sermón 293 de San Agustín, se reflexiona sobre la humildad de San Juan Bautista, quien comprendió que su misión era señalar a Cristo y temía que la soberbia pudiera apagar su luz, destaca que él "comprendió dónde tenía su salvación, comprendió que no era más que una antorcha y temió que el viento de la soberbia la pudiera apagar". Esta reflexión nos recuerda la importancia de la humildad y de no permitir que la soberbia opaque nuestros dones.

La clave está en que, al compartir nuestros dones, la gloria sea siempre para Dios y no para nosotros mismos. Así, como nos enseña Mateo, "alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos". De este modo, nuestros dones se convierten en un reflejo de la luz de Cristo, y la gloria siempre pertenece a Dios. Por ello, es fundamental rechazar tanto la falsa humildad que oculta nuestros dones como la soberbia que los apaga.

Al final, en Marcos 4:25, se nos recuerda que "al que tiene, se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará", resaltando la importancia de compartir lo que Dios nos ha dado.

 

¿Qué obstáculos en tu vida podrían estar impidiendo que la luz de Cristo brille plenamente? ¿Qué acciones concretas puedes tomar para compartir los dones que has recibido y así dar gloria a Dios?