domingo, 15 de marzo de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13a

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
«Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».

Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo:
«Seguro que está su ungido ante el Señor».

Pero el Señor dijo a Samuel:
«No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón».

Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé:
«El Señor no ha elegido a estos».

Entonces Samuel preguntó a Jesé:
«¿No hay más muchachos?».

Y le respondió:
«Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».

Samuel le dijo:
«Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no venga».

Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel:
«Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».

Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.

Salmo

Salmo 22, 1-3a. 3b-4. 5. 6 R/. El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mi,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por los años sin término. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14

Hermanos:
Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor.

Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.

Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas. Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, descubierto es luz.

Por eso dice:
«Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará».

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.

Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».

Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».

Unos decían:
«El mismo».

Otros decían:
«No es él, pero se le parece».

El respondía:
«Soy yo».

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.

Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».

Algunos de Los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».

Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».

Él contestó:
«Que es un profeta».

Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».

Y lo expulsaron.

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».

Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».

Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».

Él dijo:
«Creo, Señor».

Y se postró ante él.


“He venido para que vean los que no ven” (Jn 9,39)

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros” (1 Jn 1,8). Para las grandes almas, las almas santas, esta afirmación es luminosa. Aproximándose más de Dios, Sol de justicia y santidad inmaculada, ellas perciben mejor las propias manchas. La magnificencia de la luminosidad divina en la que ellas se mueven, hace aparecer las fallas mínimas con un fuerte relieve. Su mirada interior, purificada por la fe y el amor, penetra más profundamente en las perfecciones divinas. Ellas ven más claramente su nada, miden bien el abismo que las separa del infinito. (…) En las almas santas existe una actitud habitual de arrepentimiento y detestación del pecado, una prueba constante de delicadeza sobrenatural que agrada mucho a Dios e inclina hacia ella la infinita misericordia del Señor. Además, este estado del alma que señalamos, no es para nada, como se podría creer, incompatible con la confianza y alegría espiritual, las efusiones de amor y agrado de Dios. ¡Al contrario! (…) La actitud habitual de arrepentimiento que lleva a la compunción, lejos de ser un obstáculo para el amor y la alegría, constituye una sólida base de la que parte un impulso como desde un trampolín. 

SANTOS DEL DÍA

 



Santoral

Luisa de Marillac, Santa
Patrona de la Asistencia Social, 15 de marzo ...

viernes, 13 de marzo de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas 14, 2-10

Esto dice el Señor:

«Vuelve, Israel, al Señor tu Dios, porque tropezaste por tu falta.

Tomad vuestras promesas con vosotros, y volved al Señor.

Decidle: “Tú quitas toda falta, acepta el pacto.

Pagaremos con nuestra confesión:
Asiria no nos salvará, no volveremos a montar a caballo, y no llamaremos ya ‘nuestro Dios’ a la obra de nuestras manos.

En ti el huérfano encuentra compasión”.

“Curaré su deslealtad, los amaré generosamente, porque mi ira se apartó de ellos.

Seré para Israel como rocío, florecerá como lirio, echará sus raíces como los cedros del Líbano.

Brotarán sus retoños y será su esplendor como el olivo y su perfume corno el Líbano.

Regresarán los que habitaban a su sombra, revivirán como el trigo, florecerán como la viña, será su renombre como la del vino del Líbano.

Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos?

Yo soy quien le respondo y lo vigila. Yo soy como un abeto siempre verde, de mí procede tu fruto.

¿Quién será sabio, para comprender estas cosas, inteligente, para conocerlas?

Porque los caminos del Señor son rectos: los justos los transitan, pero los traidores tropiezan en ellos».

Salmo de hoy

Salmo 80, 6c-8a. 8bc-9. 10-11ab. 14 y 17 R/. Yo soy el Señor, Dios tuyo; escucha mi voz

Oigo un lenguaje desconocido:
«Retiré sus hombros de la carga,
y sus manos dejaron la espuerta.
Clamaste en la aflicción, y te libré. R/.

Te respondí oculto entre los truenos,
te puse a prueba junto a la fuente de Meribá.
Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti;
¡ojalá me escuchases, Israel! R/.

No tendrás un dios extraño,
no adorarás un dios extranjero;
yo soy el Señor, Dios tuyo,
que te saqué del país de Egipto. R/.

¡Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!
Los alimentaría con flor de harina,
los saciaría con miel silvestre». R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Marcos 12, 28b-34

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».

Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».

El escriba replicó:
«Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Evangelio de hoy en vídeo

Reflexión del Evangelio de hoy

Yo soy como un abeto siempre verde, de mí procede tu fruto

El profeta Oseas, con una expresión llena de respeto compasivo refiere al Señor la necesidad de que el pueblo de Israel se convierta a Él. Sus tropiezos de dar culto a otros dioses, de fabricar sus propios ídolos mostraban deslealtad y traición al pacto de alianza con el único Dios. Sin embargo, puesto que los caminos del Señor son rectos y justos, su reacción siempre será de paciente misericordia. No cambiará de versión ni esconderá la verdad en sus repliegues, no exigirá deudas ni guardará rencor. Con estas acciones tan bellas el Señor Dios mostrará su amor por Israel conjugando estos verbos: volver, curar, amar generosamente, florecer, echar raíces, revivir…

Este libro profético de Oseas que introduciría el lenguaje matrimonial aplicado a la relación de Dios con su pueblo nos ayuda a comprender con más profundidad el dinamismo de la alianza de Dios. La historia de alianza con nosotros, aun siendo asimétrica porque su amor es incondicional y gratuito, libre y comprometido en su fidelidad, se abraza a un amor de nuestra parte, inconstante, condicional, vulnerable como nuestra propia naturaleza.

La expresión “Yo soy como un abeto siempre verde, de mí procede tu fruto” nos inspira bellamente gratitud, confianza, presencia, para quien se compromete, a pesar de nuestra finitud. Así, las palabras del salmo 80 “Yo soy el Señor, Dios tuyo” declaran su iniciativa y su promesa, y atraen nuestra respuesta y acogida; de Él procede la semilla y los frutos, nosotros aportamos la tierra y sus nutrientes, es decir, nuestra persona con todas sus posibilidades. Fidelidad en acción, dinamismo de conversión, amor constantemente creativo que rehúye del servilismo y el dominio, de la ambigüedad y la cerrazón.

"No hay mandamiento mayor que éstos"

El evangelio de hoy recibe la luz del texto de Oseas recogiendo el diálogo que se hace encuentro entre Jesús y un maestro de la Ley.

Es comprensible su necesidad de confrontar con quien se estaba revelando con una autoridad nueva, con un mensaje inédito que respeta la Ley antigua, la cumple y la eleva a la plenitud.

Mientras que el escriba le interroga por el orden y la jerarquía de los mandamientos, Jesús le responde estimando más bien su valor. Se puede entender el planteamiento del escriba para saber jerarquizar más de seiscientas leyes necesarias para salvarse. Donde el escriba cuantifica la ley, Jesús la cualifica, pues se trata de experimentar, de ser y de vivir una propuesta nueva: amar al único Señor y amar al prójimo como único. Amar a Dios con toda la potencialidad humana, y al ser humano con la dignidad otorgada por el mismo Dios.

La novedad de Jesús es promover el amor al prójimo y a sí mismo, con la intensidad y visibilidad con la que se ama a Dios, compromiso que no tiene parangón con la ofrenda de holocaustos y sacrificios de animales y objetos. De este modo, pretende renovar el culto desde la interioridad reemplazando al culto hecho desde la exterioridad.

El encuentro de Jesús y el escriba está atravesado de respeto, de validación, de libertad y lealtad de quien ha entendido la realidad original que sostiene y da origen a todas las demás: el amor como respuesta a Dios que toma la iniciativa y capacita para mantener la fidelidad, y que parafraseando, “nos ama con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas, con todo su ser”.

Jesús nos invita a hacer efectiva y afectiva nuestra capacidad de amar exclusivamente a Dios, para amar particularmente a cada ser humano. Una opción sostiene la otra y las dos conciernen a la única capacidad de amar por la que existimos: amar a nuestro Creador y en Él, por Él y con Él a todo lo creado, reservando a cada hermano y hermana un amor de generosidad y bondad.

Porque en el amor al prójimo amamos la humanidad de Cristo y en ésta encontramos el sentido, la fuerza y la esperanza para amar a nuestro prójimo. Cristo nos ha amado abrazando nuestra humanidad, bendiciéndola y devolviendo incesantemente su dignidad. Por eso, a ejemplo del escriba, Jesús acoge, escucha y admira a quien se cuestiona por construir su fe sobre la verdad.

 

Hoy, podemos con sinceridad plantearnos esta pregunta: ¿amo tanto a Dios que no veo, como al prójimo a quien veo? ¿qué sucedáneos busco para no amar al prójimo como lo ama Cristo?

SANTOS DEL DÍA

 



Santoral

Rodrigo de Córdoba, Santo
Sacerdote y Mártir, 13 de marzo ...

jueves, 12 de marzo de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías 7,23-28:

Esto dice el Señor:

«Esta fue la orden que di a mi pueblo:
“Escuchad mi voz, Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Seguid el camino que os señalo, y todo os irá bien”.

Pero no escucharon ni hicieron caso. Al contrario, caminaron según sus ideas, según la maldad de su obstinado corazón. Me dieron la espalda y no la cara.

Desde que salieron vuestros padres de Egipto hasta hoy, os envié a mis siervos, los profetas, un día tras otro; pero no me escucharon ni me hicieron caso. Al contrario, endurecieron la cerviz y fueron peores que sus padres.

Ya puedes repetirles este discurso, seguro que no te escucharán; ya puedes gritarles, seguro que no te responderán. Aun así les dirás:
“Esta es la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. Ha desaparecido la sinceridad, se la han arrancado de la boca”».

Salmo de hoy

Salmo 94,1-2.6-7.8-9 R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 11,14-23

En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo.

Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».

Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.

Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.

El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama».

Evangelio de hoy en vídeo

Reflexión del Evangelio de hoy

“Esta es la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios”

A través de las palabras del profeta Jeremías podemos adivinar la amargura del corazón de Dios hacia el pueblo de Israel que, una vez más, había sido infiel a la alianza, volviéndose a los ídolos. Dios, por boca del profeta, recuerda el mandato que les dio y cómo cuidó de su pueblo enviando profetas que se lo recordaran. Pero el pueblo continuamente rechazó a sus profetas. Y Dios conoce de antemano el fracaso de sus palabras porque Israel es “el que no escuchó la voz del Señor”, que además no muestra ningún signo de arrepentimiento por su conducta.

El profeta Jeremía sin embargo es fiel a su misión, desvelando esta situación y compartiendo con Dios el sufrimiento de ser rechazado, incluso siendo tachado de impostor por los que prefieren la mentira a la verdad.

En mitad de la Cuaresma esta visión real y cruda de la infidelidad de Israel puede ser un reactivo para nuestras infidelidades reiteradas y profundas. Uno de los mayores peligros de nuestra conversión puede ser minimizar nuestros pecados y nuestras responsabilidades. Corremos el peligro de dejar resbalar sobre nosotros estas duras palabras y no darlas importancia, pensando que no se dirigen a nosotros.

Ante estas palabras tan serias debemos examinar las posibles infidelidades de nuestro corazón, las incongruencias que se mezclan en nuestra vida. Por eso, el peligro está en oír estas palabras del profeta Jeremías como dichas a un pueblo que no es el nuestro, a unas personas que no somos nosotros, con lo cual, las escucharemos con indiferencia, con esa misa indiferencia con que Israel escuchaba a los profetas.

En el salmo 94 comenzamos alabando al Señor, porque es la Roca que nos salva y el Pastor que nos guía, para continuar con una denuncia profética que trata de impedir que se repitan los errores de los antepasados, como en Masá y Meribá, donde el pueblo cayó en la rebeldía, la misma que denunciaba Jeremías. Por eso repetimos “Ojalá escuchéis la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»”

“El que no está conmigo está contra mí”

El Evangelio de hoy nos muestra a Jesús expulsando un demonio y respondiendo a quienes lo acusan de blasfemia y de aliarse con Satanás; acusación que muestra la incomprensión radical de sus milagros y también el rechazo directo y consciente de su persona.

La realidad está ahí: una persona ha sido sanada; pero el prejuicio impide reconocer la bondad de este hecho. Los prejuicios contra las personas nos ciegan tanto que no nos permiten ver, o incluso hace que veamos las cosas al revés. Todo nos parece bueno o hecho con buena intención cuando se trata de un amigo, pero si es un enemigo, cualquier cosa que haga lo consideraremos malo. Aunque haga milagros, sus enemigos estarán ciegos a su acción misericordiosa, todo lo atribuyen a mala intención, a pura maldad: “por Belzebú, el príncipe de los demonios, echa a los demonios”. Los prejuicios ciegan. Cuántas veces nos dejamos llevar por nuestras ideas preconcebidas sin atender a la realidad de los hechos.

A Jesús lo acusan de que expulsa el mal con el poder del mal. Pero les corrige, echa el mal con el poder de Dios (“con el dedo de Dios”), porque el mal no lucha contra él mismo: “un reino dividido no puede subsistir”. Con esto muestra la incoherencia de atribuir a Satanás la obra de Dios. Si el mal fuera autor de la expulsión, estaría trabajando contra sí mismo. Solo Dios puede luchar contra el mal y vencerlo, únicamente Dios es más fuerte. Por eso Jesús puede decir que, si su poder echa los demonios, “ha llegado a vosotros el reino de Dios”: al mal solo lo expulsa el poder del bien.

Pero a esos que se creían limpios, les advierte que a veces uno descuida su propia casa y termina vencido por el poder del mal. Jesús nos invita a invocar el poder de Dios para preservarnos de los males que pueden dominarnos: el rencor, la tristeza, el temor, la envidia, el egoísmo. Al mismo tiempo nos llama a la vigilancia. Si nos mantenemos atentos y dejamos que el Señor nos fortalezca con su poder, nuestra casa estará segura.

"El que no está conmigo, está contra mí" es un llamado a la decisión moral y eclesial. La pasividad y la tibieza ante el pecado equivalen a colaborar con el Mal; la fe exige compromiso.

SANTOS DEL DÍA

 



miércoles, 11 de marzo de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura del libro del Deuteronomio 4, 1. 5-9

Moisés habló al pueblo, diciendo:
«Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar.

Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella.

Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán:
“Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación”.

Porque ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?

Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?

Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos».

Salmo de hoy

Salmo 147, 12-13. 15-16. 19-20 R/. Glorifica al Señor, Jerusalén

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R/.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza. R/.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 17-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.

En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.

El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.

Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos».

Evangelio de hoy en vídeo

Reflexión del Evangelio de hoy

“Ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos”

Igual que ayer, hoy nos hacemos rebeldes. Nos cuesta aceptar que nos pongan normas, tener que cumplir leyes y preceptos. Queremos hacer sólo aquello que nos apetece. Es una tentación fácil. Sobre todo cuando someternos a unas normas se nos hace difícil, porque desde esa rebeldía interior, nos parece que lo que nosotros apetecemos es mejor. O cuando nuestros caprichos parece que son los que tienen que prevalecer.

Nos cuesta entender que no hacemos solos el camino. Que caminamos juntos al paso de los demás. Y que es necesario un respeto mutuo, un valorarnos los unos a los otros, un saber colaborar. No hacer nada que pueda impedir el camino feliz de los demás. Descubrir que la felicidad compartida es mayor para todos. Por esta razón necesitamos normas, parámetros que nos ayuden a preservar la convivencia.

Lo llamamos ley natural o ley divina impresa en nuestros corazones, pero lo que Dios quiere de nosotros es esa dicha. Para eso nos traza sus caminos. No son caprichos de Dios, sino que es su Sabiduría la que quiere el bien del hombre. No es por nuestra parte un sometimiento ciego, sino encontrar ese sentido que nos lleve a un camino de mayor plenitud en común unión. Nunca es el camino de nuestros caprichos el que nos da la felicidad auténtica.

El Deuteronomio se hace un bello mosaico de verbos llenos de profundidad, legado de riqueza y herencia de sabiduría. Escuchar, cumplir, vivir, entrar, tomar en posesión, observar, cuidar, guardar, no olvidar, ver, no apartar del corazón y contar. Esa es la impronta del pueblo sabio e inteligente. Conjugar estos verbos a los ojos de los demás pueblos marcará la diferencia de una gran nación.

“No he venido a abolir, sino a dar plenitud”

Jesús quiere en verdad purificar nuestros corazones, quiere que en verdad busquemos lo que es importante, que no vayamos por caminos de cosas superfluas, que demos un verdadero sentido a aquello que hacemos.

Por esta razón no viene a abolir sino a cumplir y a darle plenitud. Por esta razón invita a sus seguidores a practicar y enseñar. Dos verbos que significan compromiso y coherencia, incluso en los detalles de tu vida cotidiana, incluso en aquello aparentemente pequeño.

Durante la Cuaresma se nos llama a renovar nuestro compromiso con obedecer los mandamientos de Dios y no al mero “cumplo y miento” para tranquilizar nuestra conciencia.

Se nos invita a trasmitir nuestra fe a las generaciones futuras con convicción y cercanía y a traducir en el lenguaje de Dios los cuatro puntos cardinales de nuestra vida.