lunes, 10 de agosto de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel 2, 8 – 3, 4

Esto dice el Señor:
«Ahora, hijo de hombre, escucha lo que te digo: ¡No seas rebelde, como este pueblo rebelde! Abre la boca y come lo que te doy».

Vi entonces una mano extendida hacia mí, con un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito en el anverso y en el reverso; tenía escritas elegías, lamentos y ayes.

Entonces me dijo:
«Hijo de hombre, come lo que tienes ahí; cómete este volumen y vete a hablar a la casa de Israel».

Abrí la boca y me dio a comer el volumen, diciéndome:
«Hijo de hombre, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este volumen que te doy».

Lo comí y me supo en la boca dulce como la miel.

Me dijo:
«Hijo de hombre, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras».

Salmo de hoy

Salmo 118, 14. 24. 72. 103. 111. 131 R/. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas. R/.

Tus preceptos son mi delicia,
tus enseñanzas son mis consejeros. R/.

Más estimo yo los preceptos de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. R/.

¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en la boca! R/.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón. R/.

Abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?».

Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:
«En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.

Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial.

¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.

Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».

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Evangelio de hoy en vídeo

Reflexión del Evangelio de hoy

“El disfrute de la Palabra de Dios”

Nos situamos ante la profecía de Ezequiel, entendiendo que Dios invita al profeta a comer el rollo de su Palabra, porque nadie puede anunciar lo que antes no ha disfrutado. En este caso, Ezequiel acoge, en contemplación, la Palabra de Dios para que esta se convierta en disfrute “dulce como la miel”, en presencia viva.

La lectura nos recuerda que estamos llamados a contemplar la Palabra y alimentarnos de ella, como hacemos aquí y ahora en esta web diaria de la Orden de Predicadores. Y cuando contemplemos la Palabra, la gustamos, la saboreamos y la disfrutamos, ésta transforma nuestra mirada y despierta el deseo de compartir lo recibido, de predicarlo, de anunciarlo con la alegría de quien disfruta de Dios, porque quien ha gustado la dulzura de Dios no puede guardarla sólo para sí, siente necesidad de compartirla.

Y es que, el Reino no se edifica sólo con proyectos, discursos o esfuerzos humanos, sino con vidas transformadas por la Palabra. Por eso necesitamos generar espacios reales de silencio, escucha y contemplación. Espacios donde disfrutemos de Dios, compartamos la Palabra y misionemos a partir de la Palabra disfrutada en comunidad.

Cuando la persona creyente se alimenta de la Palabra, aprende a mirar la realidad con los ojos de Dios, para reconocer a Dios en todo y para que todo vuelva a encontrar su centro en Dios. De ese disfrute nace el anuncio, el servicio y la construcción del Reino de Dios.

Así el profeta Ezequiel hoy, nos anima a comer la Palabra de Dios y disfrutarla. Comamos de esta con la alegría de compartida en comunidad. 

“La dignidad de la pequeñez”

El Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús invierte nuestros criterios de grandeza: no pone en el centro a la persona fuerte, influyente o al autosuficiente, como querían los fariseos, sino a un menor de edad, que es un ser débil, necesitado y dependiente. Una gran revolución en los tiempos de Jesús, y también en nuestro tiempo actual, donde los derechos humanos de los más pequeños siguen siendo vulnerados. Y es que, la pequeñez es el lugar donde Dios revela su forma de reinar. 

Los pequeños son, ciertamente, los niños y las niñas, pero también toda persona vulnerable: quien sufre pobreza, soledad, enfermedad, exclusión social, migración forzada o cualquier otra forma de fragilidad. Hacia ellos, Dios nos invita a dirigir una mirada nueva llena de amor.

León XIV lo expresó con claridad en la visita apostólica que realizó a España en junio de este año al hacerse presente en aquellos lugares donde se recibe a personas migrantes, al centro penitenciario de Brians o a residencias de personas en situación de sin hogar. Con ello nos recordó que la comunidad cristiana está llamada a acercarse a las heridas y necesidades de los más pequeños y vulnerables con discreción, delicadeza y perseverancia. Esta es una clave profundamente evangélica: no basta con admirar la pequeñez hay que defenderla, acompañarla, luchar por su dignidad y por sus derechos, por eso el Santo Padre quiso poner en el centro de su visita a España a las personas más vulnerables, porque quiso visibilizar la pequeñez para denunciar que también al vulnerable hay que dotarle de dignidad y derechos.

La oveja perdida de la parábola nos revela el corazón del Padre: ninguna vida es descartable, ninguna persona vale menos por estar herida, perdida o apartada. Dios busca a quien el mundo olvida. Y si la persona creyente quiere vivir centrada en Dios, debe aprender a poner en el centro de su vida a aquellos a quienes Dios mira con especial predilección.

Por eso, sólo seremos fieles a Dios y al Evangelio si olemos a oveja, si vivimos poniendo en el centro a la pequeñez y luchamos para dotar a todo ser humano de derechos y de dignidad. Allí donde una persona migrada es acogida, una persona vulnerable es acompañada, una persona que cumple pena de privación de libertad es visitada, una herida es cuidada y una vida perdida es buscada, es donde el Reino de Dios empieza a hacerse visible.


¿A qué personas vulnerables acompaño desde el reconocimiento de su dignidad y sus derechos?
¿Las miro como titulares de derechos o sólo como destinatarias de ayuda? ¿Qué “ovejas perdidas” quedan fuera de los circuitos normales de protección?

SANTOS DEL DÍA

 



Santoral

Clara de Asís, Santa
Memoria Litúrgica, 11 de agosto ...

domingo, 9 de agosto de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 9, 6-10

Hermanos:
El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.

Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama “al que da con alegría”.

Y Dios tiene poder para colmaros de toda clase de dones, de modo que, teniendo lo suficiente siempre y en todo, os sobre para toda clase de obras buenas.

Como está escrito:
«Repartió abundantemente a los pobres, su justicia permanece eternamente».

El que proporciona “semilla al que siembra y pan para comer” proporcionará y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia.

Salmo de hoy

Salmo 111, 1-2. 5-6. 7-8. 9 R/. Dichoso el que se apiada y presta

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra
la descendencia del justo será bendita. R/.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos,
porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo. R/.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos. R/.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 12, 24-26

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.

El que ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiere servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».

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Evangelio de hoy en vídeo

Reflexión del Evangelio de hoy

"Dios ama al que da con alegría"

Este texto de san Pablo, en la fiesta de san Lorenzo, no habla de persecución ni martirio, como en otros textos del Apóstol, habla de generosidad. El martirio, es triunfo del mártir y una derrota de la condición humana a la que pertenece el verdugo. En realidad no se es mártir solo por ser asesinado por su fe; mártir es el testigo con su vida y su palabra de, en nuestro caso, la fe en Cristo. Y por eso es asesinado.

San Lorenzo fue mártir por profesar, testificar y vivir su fe. En su caso como diácono se dedicó a atender a los necesitados. Ese fue el servicio de su vida. Servicio realizado desde la generosidad.

No olvidemos que Jesús manifiesta en el episodio de la mujer pobre que deja su limosna en el templo, que la generosidad no se mide por lo que se da, sino por lo que uno reserva para sí.

La generosidad, dice san Pablo, produce frutos en quien es generoso. Y lo es en la medida de esa generosidad. La generosidad beneficia, pues, tanto al que recibe la ayuda, como al que la ofrece. La generosidad es desprenderse de la semilla para recibir el premio de la cosecha, que multiplica el valor de la semilla.

La generosidad es una exigencia de la condición humana, del sentido social, comunitario de toda persona humana. Puede entenderse que es algo esencial del genus humano, de lo propio de nuestro género. No ser generoso es ser inhumano.

Preguntarnos, por tanto por el nivel de nuestra generosidad, es preguntarse por el nivel de nuestra condición humana. Hemos de formularnos esa pregunta al celebrar a quien no dejó nada para sí, ni el vivir, para tener todo, a Dios.

"Dichoso el que se apiada y presta"

El estribillo del salmo repite y alude al premio de ser generoso, que no es más que la dicha, la felicidad. Algo totalmente contrario a la felicidad del avaro, que consiste en verse rodeado de riquezas, en medio de los pobres: no es felicidad humana, es felicidad inhumana, demoníaca.

El generoso, dice el salmo, “alzará la frente con dignidad”. Porque sí, se trata de la dignidad de la condición humana; de esa “Magnifica humanitas” de la que nos habla León XIV.

"A quien me sirva, el Padre lo honrará"

El texto evangélico está en la línea de lo que indican las lecturas anteriores. La generosidad de san Lorenzo llega a enterrarse, a superar el amor a sí mismo, o mejor a entender que el amor a sí mismo, irrenunciable para toda persona, consiste en perderse él bajo tierra, en lo oculto, para ser fecundo, provechoso para lo demás. Por eso aceptó el martirio.

 No sería inútil su martirio: sería semilla de cristianos. El último servicio que hacía. Él, que como diácono, fue instituido como tal para servir a la comunidad. La sirvió con su generosidad, que llegó hasta ofrecer su vida.

Cuando celebramos uno o varios mártires, no debemos olvidar que s. Pablo VI, en la homilía de canonización de los mártires de Uganda, pedía que por la intercesión de ellos se regenerara la vida civil en el país para que todos fueran libres para profesar su religión. Y es que donde hay mártires, hay verdugos. Y no podemos desear que existan verdugos.

SANTOS DEL DÍA

 



Santoral

Lorenzo, Santo
Memoria Litúrgica, 10 de agosto...

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura del primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a

En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo:
«Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor».

Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.

Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.

Salmo

Salmo 84, 9ab-10. 11-12. 13-14 R/. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos».
La salvación está ya cerca de los que lo temen,
y la gloria habitará en nuestra tierra. R/.

La misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo. R/.

El Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
y sus pasos señalarán el camino. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 9, 1-5

Hermanos:
Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.

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Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Mateo 14, 22-33

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.

Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.

Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.

Jesús les dijo enseguida:
«Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!».

Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Él le dijo:
«Ven».

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».

Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».

En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».


La Iglesia, victoriosa en las tempestades

Nuestra esperanza, como nuestra fe, que es la substancia y realidad, está en el cielo. Es allá arriba que nuestra esperanza permanece fijada, pero aquí abajo sostiene a nuestra vida. Si, en el nombre de Cristo y de su Cruz, los coros de ángeles cantan en el cielo, delante del trono de Dios, “gloria, honor, salvación y bendición”. Aquí abajo, la Iglesia de fieles, todavía peregrinos, pone toda su esperanza en la Cruz: “¡Cruz salvífica, única esperanza!” (Himno de la Pasión). El océano de la humanidad se agita, los pueblos como oleaje se levantan y entrechocan bajo los vientos de pasiones sociales y políticas, las Rivas y playas de la paz son abatidos y derribados por las aguas desencadenadas. (…) ¿Quién mandará a los vientos y tempestades? ¿Quién acallará su estruendo y furia? (…) No teman hermanos míos. Bajo los caudales de agua y las tempestades, el Señor del cielo y de la tierra camina a la sombra de tabernáculos y no pasará indiferente al lado de nuestra barca agitad. Vendrá a nosotros y nos dirá: “Tengan confianza, soy yo, no teman” (Mt 14,27). ¿No prometió que sería con nosotros hasta el fin de los tiempos? (…) ¿No creemos en él? ¿Quizás no lo conocemos? ¡Que no tenga que decir, después de tanto tiempo pasado con nosotros: “¿desde hace tanto tiempo que estoy con ustedes y todavía no me conocen?” (Jn 14,9). Nos hemos perdido en medio de la tempestad, que agita el océano de la sociedad y los pueblos. Pero, nuestra confianza y esperanzas residen en la Cruz de Cristo, que permanece de pie en medio de las perturbaciones del mundo. Es ella el ancla que en las aguas desencadenadas ofrece la seguridad a la barca de la Iglesia y a nuestra alma. Es ella, la Cruz de Cristo, que lleva al puerto de los bienes supremos e invisibles, es ella el ancla fijada a Dios y a sus promesas infalibles.

SANTOS DEL DÍA

 



Santoral

Teresa Benedicta de la Cruz, Santa
Memoria Litúrgica, 9 de agosto ...