lunes, 9 de marzo de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura del segundo libro de los Reyes 5, 1-15a

En aquellos días, Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria.

Pero, siendo un gran militar, era leproso.

Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán. Dijo ella a su señora:
«Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de su lepra».

Fue (Naamán) y se lo comunicó a su señor diciendo:
«Esto y esto ha dicho la muchacha de la tierra de Israel».

Y el rey de Siria contestó:
«Vete, que yo enviaré una carta al rey de Israel».

Entonces tomó en su mano diez talentos de plata, seis mil siclos de oro, diez vestidos nuevos y una carta al rey de Israel que decía:
«Al llegarte esta carta, sabrás que te envío a mi siervo Naamán para que lo cures de su lepra».

Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras, diciendo:
«¿Soy yo Dios para repartir vida y muerte? Pues me encarga nada menos que curar a un hombre de su lepra. Daos cuenta y veréis que está buscando querella contra mí».

Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras y mandó a que le dijeran:
«Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel».

Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a decirle:
«Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio».

Naamán se puso furioso y se marchó diciendo:
«Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra”. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio».

Dándose la vuelta, se marchó furioso. Sus servidores se le acercaron para decirle:
«Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!».

Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio.

Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando:
«Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».

Salmo de hoy

Salmo 41, 2. 3; 42, 3. 4 R/. Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿cuándo veré el rostro de Dios?"

Como busca la cierva corrientes de agua,
así mi alma te busca a ti, Dios mío. R/.

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? R/.

Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada. R/.

Me acercaré al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
y te daré gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 4, 24-30

Habiendo llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la sinagoga:

«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naámán, el sirio».

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.

Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Evangelio de hoy en vídeo

Reflexión del Evangelio de hoy

"Su carne volvió a ser como la de un niño pequeño"

La Primera Lectura de hoy nos advierte que Naamán, “siendo un gran militar, era leproso”. Con esta afirmación parece querer contraponer una realidad exterior y exitosa a otra más oculta y dolorosa.

Y es que, muchas veces, podemos funcionar muy bien hacia afuera, gestionando con éxito nuestras actividades con los demás, y al mismo tiempo, podemos no saber cómo gestionar nuestras situaciones personales. Aquellas que nos descubren vulnerables, pecadores, necesitados de compasión y comprensión.

Como guerrero, Naamán había salido muchas veces de su patria, pero siempre a la batalla, siempre para conquistar, siempre desde su armadura. Esta vez, al dirigirse a Israel, debe ir desarmado, reconociendo su necesidad o, mejor aún, debe ir dispuesto a mostrarla a los demás.

Cuando llega a la casa del profeta Eliseo y recibe la orden de bañarse siete veces en el Jordán, Naamán se enoja porque lo que le pide el profeta no coincidía con sus expectativas. Había en Siria mejores ríos que en Israel para ello.

Ciertamente, Naamán había hecho un viaje exterior, pero le faltaba hacer el viaje interior: aceptar que la solución a su enfermedad podía venir de donde no sabía, de donde no calculaba, de fuera de sus esquemas de seguridad y costumbre.

Tenía que reconocer que, solo saliendo fuera de su zona de confort, podía encontrar la salud que tanto deseaba. Es verdad que había salido de su tierra y viajado a Israel, que se había quitado la armadura y mostrado su enfermedad, ahora debía aceptar que el camino de la cura no era el esperado según sus criterios, sino que debía escuchar y obedecer a otro que le animaba a arriesgar caminos nuevos.

Naamán termina exclamando: ¡Es verdad! “no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel”. Al fin, descubre a un Dios nómada, un Dios no ligado a un lugar, sino que establece alianza con personas, con un pueblo: un Dios vivo.

 

¿Qué caminos nuevos de salud nos estará invitando Dios a recorrer, más allá de nuestras armaduras, de nuestras fronteras, de nuestros criterios auto referidos?

"Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino"

El Evangelio nos relata que, contrariamente a lo que hizo Naamán…, los paisanos de Jesús no habían salido de su tierra, pero esperaban que Jesús (Él sí había salido de su tierra) les hiciera los milagros que se decía había hecho en otros lugares. Y, cuando Jesús les recuerda los milagros que Dios hizo con los extranjeros, ellos se enojan y lo quieren matar.

El rechazo que advierte Jesús (“ningún profeta es aceptado en su pueblo”) no es responsabilidad suya como profeta, sino del pueblo que se cierra en sí mismo.

Pues, mantenerse en el propio lugar, es decir, no estar dispuesto a salir de la propia tierra, del propio mundo, no estar dispuesto a abrirse, a reconocer y a discernir la verdad que otro pueda ofrecer, representa, ciertamente, una cerrazón que impide todo milagro.

Más todavía. Cuando ese otro que viene de fuera se acerca a la mía, su novedad me invita –y me provoca– a una nueva perspectiva.

Si Jesús no puede hacer las transformaciones que desea en nuestras vidas, en nuestras comunidades, en nuestra sociedad, ¿no se deberá a que lo recibimos muy “afincados en nuestra tierra”, muy encerrados en nuestras perspectivas aprendidas y seguridades conquistadas?

Nuestros rechazos lo pueden ahuyentar y expulsar. Hasta intentar despeñarlo. Jesús, con todo, siempre se abre paso y sigue su camino. Es libre y libertador. Vendrá una y otra vez, como una alondra que muestra lo que hay más allá de nuestros límites y nos enciende en deseo de sus Promesas.

Un deseo de plenitud que no se apaga en nosotros a pesar de nuestros miedos y cerrazones y nos hace orar como el salmista: “mi alma te busca a ti, Dios mío”. Pidamos, pues: “Señor, que tu luz y tu verdad me guíen” y me hagan salir de mí para ir hacia Ti.

SANTOS DEL DÍA

 



Santoral

Francisca Romana, Santa
Memoria Litúrgica, 9 de marzo ...

domingo, 8 de marzo de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo 17, 3-7

En aquellos días, el pueblo, sediento, murmuró contra Moisés, diciendo:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?».

Clamó Moisés al Señor y dijo:
«¿Qué puedo hacer con este pueblo? Por poco me apedrean».

Respondió el Señor a Moisés:
«Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo».

Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá, a causa de la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo:
«¿Está el Señor entre nosotros o no?».

Salmo

Salmo 94, 1-2. 6-7c. 7d-9 R/. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 5, 1-2. 5-8

Hermanos:
Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.

En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Juan 4, 5-42

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.

Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».

Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».

La mujer le dice:
«Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».

Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».

La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».

Él le dice:
«Anda, llama a tu marido y vuelve».

La mujer le contesta:
«No tengo marido».

Jesús le dice:
«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».

La mujer le dice:
«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».

Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».

La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».

Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».

En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».

La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
«Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».

Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían:
«Maestro, come».

Él les dijo:
«Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».

Los discípulos comentaban entre ellos:
«¿Le habrá traído alguien de comer?».

Jesús les dice:
«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.

¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.

Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».

En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».

Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».


“El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial” (Jn 4,14)

“¡Ven conmigo del Líbano, novia mía, ven desde el Líbano! Desciende desde la cumbre del Amaná, desde las cimas del Sanir y del Hermón, desde la guarida de los leones, desde los montes de los leopardos” (Ct 4,8). ¿Qué quiere decir? La fuente de la gracia atrae a ella a los que tienen sed, como lo dice el Evangelio “El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí” (Jn 7,37). No dio límite a la sed, ni al impulso hacia Él, no dio límite a calmar la sed. El modo ilimitado expresado en sus palabras es una permanente invitación a tener sed, a beber, a lanzarnos hacia Él. En cuanto a los que han ya bebido y que aprendieron por esta experiencia que el Señor es bueno (cf.1Pe 2,3), el hecho de haber bebido deviene un llamado a una mayor participación. El que sube, no cesa de tener un llamado que lo atrae para ir más lejos. Recordemos la forma en que el Verbo ha estimulado muchas veces a la Esposa (…): “¡Levántate, amada mía, y ven, hermosa mía! Paloma mía, que anidas en las grietas de las rocas, en lugares escarpados, muéstrame tu rostro, déjame oír tu voz; porque tu voz es suave y es hermoso tu semblante” (Ct 2,13-14). Tu vendrás, llegarás desde el inicio de la fe, “desde las cimas del Sanir y del Hermón”. Es el sacramento del nacimiento de lo Alto que es aquí evocado. Ahí nacen las fuentes del Jordán, encima de ellas se alza la montaña dividida en dos picos llamados Sanir y Hermón. El río que surge de esas fuentes es para nosotros el comienzo de nuestra transformación en Dios. Por eso el alma escucha decir “ven” al que la llama hacia él, desde el comienzo de la fe, desde las montañas dónde está la fuente del sacramento.  

SANTOS DEL DÍA

 



Santoral

Juan de Dios, Santo
Memoria Litúrgica, 8 de marzo ...

FUNERAL POR LUISA

 



El Señor llamó a su seno a :


Dª LUISA DOBAÑO GONZÁLEZ


(VIÚDA DE  DON GUMERSINDO QUINTAS FEIJOÓ


VECINA QUE FUE DE BANDE 


a los 92 años de edad


D.E.P


Los funerales por su eterno descanso tendrán lugar Hoy Domingo día 8 de Marzo  a las 5 de la tarde

sábado, 7 de marzo de 2026

LECTURAS Y MEDITACIÓN DEL DÍA

 



Primera lectura

Lectura de la profecía de Miqueas 7, 14-15. 18-20

Pastorea a tu pueblo, Señor, con tu cayado, al rebaño de tu heredad, que anda solo en la espesura, en medio del bosque; que se apaciente como antes en Basán y Galaad.

Como cuando saliste de Egipto, les haré ver prodigios.

¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad?

No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia.

Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas, arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar.

Concederás a Jacob tu fidelidad y a Abrahán tu bondad, como antaño prometiste a nuestros padres.

Salmo de hoy

Salmo 102, 1-2. 3-4. 9-10. 11-12 R/. El Señor es compasivo y misericordioso

Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. R/.

Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. R/.

No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. R/.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que lo temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.

Evangelio del día

Lectura del santo evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Evangelio de hoy en vídeo

Reflexión del Evangelio de hoy

Dios deja abierta la puerta del regreso a todos

Miqueas, preocupado por la injusticia general envía un mensaje de esperanza en el que destaca una maravillosa pregunta: ¿Qué Dios hay como tú, que quite la culpa y pase por alto el delito del resto de tu heredad? Invoca a Dios para que guíe a su pueblo, que mora solitario en la selva, con la esperanza de que vuelvan los días de la milagrosa liberación y salida de Egipto. Una súplica por el regreso de la justicia.

A pesar de los pecados de su pueblo, Dios cumplirá su promesa, deja abierta la puerta al regreso a todos. Miqueas resalta la importancia de que regresen los que están alejados.  Y al que regresa le espera Dios con su misericordia y perdón, que “pisoteará nuestras culpas”.

¿Quién hace eso? Así le sucederá al hijo prodigo, que no recibe castigo cuando regresa a casa. El castigo ya lo ha sufrido arruinado y solo, lejos de su hogar, cuando sentía envidia de lo que comían los puercos.

El camino del regreso no se puede hacer con el mismo orgullo que lleva al pecado. Se necesita humildad para regresar a Dios. El modo es: Soy un pecador, necesito tu perdón, acepto tu perdón.

Miqueas nos transmite una actitud en la vida: esperanza en medio de la oscuridad, confianza en Dios, arrepentimiento y humildad.

Los dos hijos necesitan convertirse

El relato comienza narrando la inmensa misericordia de Jesús, su afán por salvar a todos sin excepción. No deja abandonada ni una sola oveja de su rebaño. Incluidos los publicanos y pecadores, con los que en actitud de acogida y cordialidad, se sienta a comer, aunque le cuesta las murmuraciones y recelos de los fariseos.

En el relato hay tres comidas bien diferentes. Jesús comiendo en fraternidad con los socialmente mal vistos, una envidiada comida de algarrobas de unos puercos y un banquete de fiesta. Y en el centro del relato, la historia de amor incondicional de un padre hacia sus dos hijos perdidos. Uno fuera, en un país lejano y el otro perdido en su propia casa.

Narra, dirigido a todos y con sencillez, el cotidiano error humano de confundir la felicidad con la satisfacción egoísta de los deseos individuales. El hijo menor quiere disfrutar las riquezas del hogar paterno sin limitaciones impuestas, marcha de su hogar por no sentirse libre y experimenta que cuando se terminan las riquezas efímeras, es menos libre todavía y acaba cuidando cerdos, cayendo en la peor impureza posible, y envidiando que estaban mejor alimentados que él. Es importante el v 17: “entrando en sí mismo”.

La experiencia dramática vivida provoca una evolución que da la vuelta a su vida. No es el padre el que sale a buscar a su hijo, es el recuerdo de su amor volcado en su cuidado. “Y levantándose” con humildad, se pone en marcha decidido a arrepentirse, y volver sin pensar en que le acepte en su condición de hijo, sino como jornalero, para acabar con la indigencia en la que ha caído.

Todos podemos experimentar a lo largo de la vida la caída y la necesidad de volver y de ser perdonados al regreso. Volver al hogar paterno por medio del perdón. Es una parábola dirigida a todos.

El padre ha respetado la libertad del hijo, lo ha criado con cariño y confía en que “ya volverá”. Y recupera a su hijo, al que no le deja ni terminar de disculparse. Lo viste, le pone un anillo en señal de rehabilitación de su dignidad, y lo calza dándole de nuevo posesión del hogar. Un reingreso total en la familia, con misericordia y compasión.  Así es el perdón de Dios al que regresa. Restablece la condición y se niega a aceptar la indignidad de su hijo arrepentido. Y Dios celebra una gran fiesta por cada hijo que regresa. Como decía Miqueas, ¿Qué Dios hay como tú?

El hijo mayor reacciona al regreso de su hermano con envidia por el recibimiento, con amargura e incomprensión. A pesar de que vive en casa del padre y lo tiene todo, demuestra sentir la misma falta de libertad que su hermano al marchar.

La parábola nos da una guía para la vida: la misericordia del padre, el arrepentimiento del que regresa, y la comprensión del que está dentro de casa.

SANTOS DEL DÍA

 



Santoral

Perpetua y Felicidad, Santas
Memoria Litúrgica, 7 de marzo...